La retórica y la crisis económica: un relato sobre cómo llegamos hasta acá





La movilización 25 S Rodea el Congreso. El cacerolazo en Argentina del pasado 13 de septiembre. Las recientes movilizaciones de principios de septiembre en varias ciudades portuguesas. Las casi cotidianas huelgas generales griegas. Todos los días nos despertamos con alguna noticia de este tipo.
Parece que parte del mundo desarrollado está en llamas.
Más de uno ha escuchado o se ha preguntado hasta qué punto la crisis europea, y concretamente, la española se parece en algo a la sufrida en Argentina a fines del 2001. Muchos otros siguen preguntándose si es posible un corralito en España. Una salida del euro. Una devaluación. En fin, el fantasma de Argentina parece estar presente en muchos países europeos.
A menudo, se pone al país austral como ejemplo a NO seguir desde determinados sectores. 
En uno de nuestros últimos artículos nos hacíamos eco de las casi hilarantes declaraciones de Esperanza Aguirre, ex presidenta de la Comunidad de Madrid, al respecto[1]. Por otro lado, algunos euroescépticos como Paul Krugman mencionan a Argentina en otro contexto. Para este economista, en cuestión de meses, es probable que Grecia salga del euro y que eso desencadene una serie de fenómenos que culmine con un corralito bancario en España y el fin del euro[2].
No estamos aquí para dirimir si Paul Krugman o Esperanza Aguirre tienen razón. La historia nos dirá si esto es así o no. De momento, esta es una cuestión insondable.
Pero lo que sí podemos sondear, son las sensaciones. Y muchos extranjeros, especialmente aquellos que provienen de países que ya han sufrido crisis bancarias que han desembocado en crisis económicas, al mirar la crisis española pueden llegar a tener la sensación de “figurita repetida”, enarbolando frases del tipo: “esto ya lo viví”.
¿Y dónde se plasma esto? En los titulares. Las tertulias. El desánimo callejero. Las caras de la gente. Los ancianos pidiendo en la puerta de los supermercados o revolviendo la basura.
Muchos extranjeros, europeos y americanos, se sorprenden del terrible desanimo del país ibérico. Algunos dirán que hay un tono de excepcionalidad que no se corresponde con la realidad.
Medidas de ajuste. Adelanto de las elecciones. Recortes. Rescate. ¿Autodeterminación? Nada nuevo bajo el sol. O… ¿Es que alguno ha nacido ayer y tiene que correr al diccionario para buscar el significado de estas palabras? Mas de uno cree que no.
Un viejo amigo del Canguro —un neurótico expatriado—comentaba que todo esto es como un deja vu constante que muchos no terminan de sacarse de encima. ¿Es tan excepcional la situacional española?
 Muchos dirán que no se puede comparar la situación de argentina con la europea. Ya lo sé querido lector. Hablamos de países distintos. Momentos distintos. Sociedades distintas. Pero en algunas cosas nos pareceremos más de lo que creemos.
Cuando alguien se pregunta ¿cómo es que llegamos hasta acá? La respuesta no difiere mucho en los distintos países.

A continuación, un relato corto de cómo se conciben las políticas económicas. Y de cómo los economistas son menos serios de lo que creemos.
El hilo conductor en este caso es Argentina durante los años noventa en un relato que debería estar pasado de moda pero que resulta de gran actualidad[3].
Veremos de forma concisa porqué cada vez importa menos la evidencia empírica para elaborar una política económica. Y porqué, el lenguaje  es lo único que cuenta.
 Después de leer esto, considere entrar en la política o contratar un logopeda.

 No crea en formulas matemáticas. Ni en complejos modelos de inflación. Señor ciudadano. La palabra. La parla. El chamuyo.
Es lo único que cuenta.
Para ganar las elecciones. Para gobernar. Para recortar.
Porque hoy en Europa, gobernar es recortar.  

 Un poco de historia


Un día me encontraba caminando y me encontré a un anciano señor. Un ya pasado hombre con la cabeza arrugada como una pasa que tenía la camisa llena de mancha rojas, lo que me hizo suponer que acababa de comerse unos exquisitos spaguetti a la putanesca.
O eso quise pensar.
Le pregunté la hora y su respuesta fue:
Se la digo con una condición.
— ¿Cuál?—le pregunté apurado y ya perdiendo la paciencia. Tenía una cita importante y no podía retrasarme más.
—Que escuche mi historia.
El hombre me dio pena asique le propuse que me fuera contando su historia mientras caminábamos. No quería retrasarme más. Con suerte, en diez minutos podría deshacerme de él, pensé.
Ingenuo de mí.

“Había una vez una década llamada No venta, también conocida como Los  Noventa. En la misma, se profundizaron en la Argentina las medidas de corte neoliberal que habían comenzado a aplicarse a medidos de los setenta…

—Perdone—le interrumpí. — No me gustan las fabulas. Ni las historias donde hay metáforas y moralejas para interpretar el mundo de hoy. Hábleme seriamente. Como hacen los economistas.
—Está bien. Vuelvo a empezar. Espero que esta vez sea de su agrado.

Y volvió a empezar. Esta vez como quería. De manera seria. Como los verdaderos ladrillos.
Así, descubrí porqué la economía a veces puede ser desquiciante. Dígame si me equivoco.






Durante la década de los noventa, se profundizaron en Argentina, las medidas de corte neoliberal que había empezado a aplicarse a mediados de los setenta.
Pero ¿qué entendemos por medidas neoliberales? Mas adelante, lo explicaremos, pero lo que importa ahora es remarcar que la mayor parte de las políticas que se aplicaron en el país durante doce años, no contaban con evidencia empírica ni teórica suficiente que las justificasen como teorías aceptadas dentro de la ciencia económica.

Las supuestas ventajas que dejaría el comercio sin trabas, la liberalización de los controles de capitales o las privatizaciones, no solo tuvieron resultados ambiguos cuando se aplicaron en el país, sino que evaluando la aplicación de medidas similares en el resto del mundo, tampoco ha sido posible extraer conclusiones concluyentes sobre su éxito.

Muchas de las teorías que se recomendaron en Argentina como sinónimo de “país desarrollado”, no se aplicaron en los países más avanzados. Otras, como la liberalización de los controles de capitales, se aplicaron siguiendo recomendaciones de organismos como el FMI.

También, las privatizaciones, buscando resolver el desborde fiscal que generaba la mala administración de las empresas estatales, dejó al país con un problema mayor: enormes tasas de desempleo ya que Argentina no contaba con una estructura productiva capaz de absorber la mano de obra ociosa que dejaron las ventas de esas empresas. Eso explica que contrariamente a lo que dice la teoría económica, durante los noventa se conjugaran altas tasas de crecimiento con altas tasas de desempleo.

¿Por qué a pesar de no contar con evidencia ni empírica ni teórica suficiente se impusieron estas teorías en Argentina por tantos años? Algunos considerarán ingenua mi pregunta. ¿A quien le importa un puñado de teoremas, modelos y discursos llenos de tecnicismos y totalmente alejados de la realidad?
Y es verdad. A poca gente.  Pero, al  Canguro y a sus amigos sí que les interesa porque una cosa es dejarse engañar en un momento dado y otro es hacerlo durante doce años.
Buena parte de la explicación puede buscarse en el discurso con el cual se difundieron y se insertaron esas ideas dentro de la sociedad.

El objetivo del presente trabajo es analizar la incidencia que tuvo el discurso, es decir, la palabra el lenguaje en la implantación de medidas  neoliberales. Usaremos como hilo conductor el caso argentino (en realidad, da igual qué país se tome) en el período 1991-2000 y nos centraremos en tres políticas concretas: la  liberalización de los flujos de capitales, las privatizaciones y la apertura comercial.

Intentaremos demostrar  que la forma en que se implantaron estas medidas de corte liberal en el país respondió en mayor medida a una buena exposición de ideas y de modelos que a una sólida contrastación empírica y teórica por parte de los actores económicos involucrados. 

Para llevar a cabo nuestro objetivo analizaremos algunas medidas: en primer lugar su justificación teórica y luego lo que ha sucedido en la realidad, o sea, qué evidencia empírica hubo a favor o en contra de la política propuesta. En algunos casos, se analizará la experiencia de otros países que han aplicados medidas similares.
No desespere. Este estudio no es exhaustivo, si lo fuera sería infinito. Existen tantos estudios económicos como personas.  Y ahora, volvamos a la teoría.

Un poco de teoría para entender que hay detrás de las medidas económicas que imponen los gobiernos

 La teoría neoclásica y su rol en la recomendación de políticas económicas


El enfoque dominante en la teoría económica ha sido en los últimos cuarenta años el de la escuela neoclásica. Aunque esta corriente tiene numerosos matices, en lo que concierne a la recomendación de políticas, podemos hablar de un cuerpo uniforme que surge a mediados de los setenta y que diez años más tarde sistematizará John Williamson bajo el nombre de Consenso de Washington[4].  En el mismo, se proponían las siguientes medidas de política económica:
· austeridad fiscal,
· gasto público a áreas que no compitan con el mercado,
· reforma tributaria,
· privatizaciones,
· IED (inversión extranjera directa),
· apertura comercial,
· derechos de propiedad claramente delimitados,
· desregulación,
· tipo de cambio competitivo,
· tasa de interés baja pero positiva.

Tres de las medidas propuestas por el Consenso de Washington estudiaremos en este trabajo: privatizaciones, apertura comercial y apertura de la cuenta capital.

Pero… ¿cuál es la base teórica de estas recomendaciones?
En primera instancia, debemos señalar que las recomendaciones de política económica no varían en función de las especificidades de cada país. Bajo este paradigma, existe un solo sistema económico y una sola política económica racional. Este punto es crucial para entender el papel de los organismos internacionales en los países subdesarrollados.

Pero volvamos a la teoría, al fin y cabo, queremos saber si Luis de Guindos[5] o la Comisión Europea, actúan al tun tun o hay un plan pre establecido. Una ideología. Una teoría. O mejor aún. Una conspiración.
Las  medidas antes mencionadas, se ajustan perfectamente a las prescripciones de lo que se llamó la contrarrevolución neoclásica en los estudios del desarrollo que se iniciaron a finales de los años setenta pero también al nuevo enfoque favorable al mercado, impulsado desde principios de los noventa por el Banco Mundial.
Ese último enfoque supuso un cambio parcial de planteamiento, ya que admitía que la intervención del Estado podía ser positiva pero siempre que se limitara a sustentar o apoyar al mercado y que se circunscribiera a los siguientes campos: (1) garantizar la estabilidad macroeconómica; (2) efectuar inversiones públicas en capital humano y físico; (3) crear un entorno competitivo para el sector privado; (4) promover el desarrollo institucional; (5) salvaguardar el medio ambiente; y (6) proteger a los grupos sociales vulnerables (Banco Mundial, 1991). Aunque con algunas novedades, la reconsideración de las funciones del Estado que hizo el Banco Mundial a partir de su Informe sobre el desarrollo mundial de 1991 podemos considerarlo un maquillaje conveniente con el fin de no presentar en el papel un capitalismo despiadado.

Como se puede ver, este enfoque se parece peligrosamente a muchas de las ideas que están detrás de políticos como Esperanza Aguirre[6]  y a las que ha venido aplicando España desde el gobierno de Felipe González.
Bajo este enfoque, el desarrollo económico solo es visto como un derivado lógico de la expansión capitalista de la relación de mercado.
Los liberales en economía que suelen suscribir estas máximas, buscan las causas de la crisis en las erróneas políticas aplicadas y particularmente, en la injerencia de las instituciones públicas en el funcionamiento de los mercados. 
Como el comportamiento libre de los mercados (sin intervención estatal) tendería naturalmente a la búsqueda de su equilibrio, para esta visión, el principal problema consiste en remover los obstáculos que impiden el normal funcionamiento de este mecanismo. Por ello, en los programas de ajuste estructural el paso inicial es la inmediata búsqueda del  equilibrio de los agregados macroeconómicos (Barbeiro y Lo Vuolo, 1992).

Los supuestos sobre los que se afirma este sistema son:

ü   el ahorro se canaliza automáticamente hacia la inversión
ü   los mercados son competitivos y los precios son el medio más racional para definir la asignación de recursos
ü   no existen problemas en la estructura de la oferta para responder a las señales de los precios, ni de la demanda para realizar el mayor valor agregado en el proceso productivo.

Pero volvamos a Argentina y a porqué España está reditando muchos de los viejos problemas que se han presentado con anterioridad en Latinoamérica, en el Sudeste Asiático o en Rusia.
A fines de los ochenta, Argentina se encontraba con serias dificultades económicas y monetarias. El nuevo gobierno de Carlos Menem debía resolver la crisis de 1989 y la hiperinflación. En esta coyuntura se lanzó en 1991 el Plan de Convertibilidad y con esto las siguientes medidas de ajuste estructural:

ü     Plena apertura de la cuenta capital. Eliminación de las restricciones sobre las transacciones en divisas.
ü     Modificación de la Carta Orgánica del Banco Central. Reforma de la Ley de
      Entidades Financieras: igual tratamiento a empresas de capital extranjero y nacional.
ü     Privatizaciones: abarcaron prácticamente a todas las áreas de provisión de bienes y servicios no gubernamentales.
ü     Apertura comercial: eliminación de las restricciones a las importaciones.
ü     Política fiscal: reforma del régimen impositivo.
ü     Reforma laboral: con el objetivo de reducir los costos laborales, las modificaciones tendieron a aumentar la precariedad laboral.

 El programa consiguió la adhesión de la ciudadanía en parte por las expectativas favorables no tan difíciles de conseguir en un momento en que la sociedad estaba desgastada y erosionada luego de haber vivido dos hiperinflaciones en períodos de tiempos muy cortos.  
Precios en franca desaceleración, estabilidad garantizada de la tasa de cambio en un contexto social de fatiga respecto al mal funcionamiento de los servicios públicos, daban las condiciones para inaugurar una nueva era de modificaciones económicas y financieras. “Había llegado el momento de abrir la economía, desregular sin reservas, privatizar y adherir imperfectamente al enfoque monetario de balanza de pagos” (Lascano, 2001).
En este sentido, la Argentina siguió las líneas generales del Consenso de Washington y como veremos a continuación, cada una de estas medidas tuvo el consentimiento y la defensa tanto de los organismos internacionales como de los funcionarios argentinos.
¿Cómo fue esto posible? Una manera de esbozar una respuesta es analizando el uso que le han dado los economistas a la evidencia empírica que confeccionan,  examinan, empaquetan y  luego nos quieren vender.

El papel del lenguaje en la economía o por qué en democracia la palabra juega un rol esencial


La historia de las economía nos ha enseñado que muchas veces las ideas que han dominado la esfera pública, han sido aquellas que han estado mejor expresadas, tanto en términos escritos como orales. El arte de la persuasión ha  jugado un rol muy importante en la ciencia económica y el desafío ha sido grande: adecuar los medios a los fines propuestos o, mejor dicho, adecuar las palabras.

El autor que se digne de convencer a la audiencia debe elegir un camino para lograrlo, un camino entre los muchos posibles. Ese camino retórico es el que deberá exponer de forma rigurosa para lograr su cometido.

Por esta razón, podemos observar que la política y la economía son dos esferas que corren paralelas y en estrecho contacto: para imponer determinadas medidas económicas en un sistema democrático se debe contar con el convencimiento de funcionarios, medios de comunicación, opinión pública, etc. El hecho de que esto sea así, pone al lenguaje en un rol protagónico (incluso más que antes) ya que por medio de éste se imponen las ideas, las políticas económicas o lo que sea.  

En este sentido, Dreidre Mc Closkey, economista experta en retórica, señala que la ciencia es un buen ejemplo de cómo se escribe “con intención”, con la intención de persuadir a otros científicos. El estudio de esa forma de escribir con intención es lo que los griegos llamaron “retórica”. Siguiendo a esta autora, la persuasión en economía tiene que ver con interlocutores que, a través, de medios estilísticos, intentan convencerse unos a otros (Mc Closkey, 1998).

Teniendo en cuenta lo anterior, Paul Krugman intenta ir más lejos: su libro Vendiendo prosperidad  trata sobre “los intentos de los políticos de encontrar economistas que tengan ideas que puedan empaquetarse y sobre la manera en que los economistas conciben ideas y tratan de traducirlas en influencia política”. El autor llama a esta categoría de economistas los “vendedores de políticas económicas (Krugman, 1994).
Lo que distingue a éstos de los profesores comunes es la audiencia a la cual se dirigen: mientras los profesores se dirigen a sus colegas (por lo cual deben ser más rigurosos en sus argumentos), los vendedores de políticas económicas  tienen una audiencia más amplia y por lo general se animan a decir todo aquello que un profesor no podría. Serán estos los que se encargarán de convencer a la opinión pública sobre determinadas medidas.

En forma similar Arjo Klamer (2003) plantea que la economía es conversación y que los economistas  son economistas porque conversan con otros economistas y agrega: “la conversación de un economista incluye sus escritos y sus lecturas. Su argumentación matemática. La conversación son las regresiones que hacen y que generan.”

Muy bien. Estamos hablando de políticas económicas. Hablamos de lenguaje y de cómo conversan los economistas. ¿Y la evidencia empírica? —podría preguntar un ingenuo. O mejor dicho, el dialogo podría ser así:

—Tengo que recortar el sueldo de los funcionarios—dice De Guindos (o Montoro…)
— ¿Y la evidencia empírica?—podría decir un funcionario trasnochado.
—Lo siento. No es parte de esta conversación.

O para salir airoso y mantener la dignidad podría decir.

—mmm…lo siento. Tengo que ir al baño…

 ¿A que parece un chiste malo?  O ¿alguien ha escuchado a algún político—ministro de economía o lo que sea— hablarnos de modelos, predicciones, historia económica?
Saquen sus propias conclusiones.

A continuación se analizarán dos de las principales medidas que conformaron el programa neoliberal de los noventa en Argentina—la relajación de las restricciones al flujo de capitales y las privatizaciones— exponiendo tanto su justificación teórica como la evidencia empírica que seleccionaron los economistas para convencer a la opinión pública de que era lo correcto.

La entrada de capitales en Argentina


Para hacer frente a la hiperinflación de los años ochenta y principios de los noventa, el gobierno argentino optó por llevar a cabo, desde abril de 1991, una fuerte estabilización basada en el tipo de cambio.
 La ley de convertibilidad de marzo de ese año, creó una caja de conversión, en virtud de la cual se estableció la paridad completa dólar-peso y se respaldaron los pesos en circulación con reservas en dólares[7].
No hay dudas de que el uso del tipo de cambio fijo como ancla  para deprimir los precios suele tener éxito. Sin embargo, tal opción impide recurrir a las políticas cambiarias o monetarias para ajustar la economía ante perturbaciones externas tales como la apreciación de la moneda de referencia (o la depreciación de la moneda de un importante socio comercial) o el incremento de los tipos de interés internacionales.
España, en este sentido, en virtud de su pertenencia a la Unión Europea, aunque no tiene un tipo de cambio fijo, carece de política monetaria, por lo tanto el ajuste de su economía tampoco puede ser cambiario, en definitiva, una devaluación, no es posible.
Sin embargo, en el caso argentino la entrada de capitales resultó imprescindible para sostener el tipo cambio. La apertura de la cuenta capital, como se expuso precedentemente, fue total. No se implementó ningún tipo de restricción a los movimientos de capital.
Por cierto, el país ibérico está experimentado una fuga de capitales sin precedentes, aunque no necesita el dinero para sostener el tipo de cambio, una salida indefinida de capitales llevaría a la bancarrota del país. En concreto, en los primeros cuatro meses del año se fugaron en torno de 163.000 millones de euros mientras que en el mismo periodo del año anterior habían enterado alrededor de 14.000 millones[8]. Una razón más para preocuparse. ¿Están las medidas de austeridad convenciendo a los inversores? Parece que no.
En cualquier caso, ningún país perteneciente a la Unión monetaria puede decretar una restricción a la salida o entrada de capitales. Hace unos pocos meses Bruselas se pronunció al respecto y solo bajo circunstancias excepcionales podría la Eurozona imponer una restricción  a la salida de capitales, posiblemente ante la eventualidad de que Grecia abandone el euro y se produzca una corrida bancaria en el resto de países europeos.
Pero volvamos a la teoría.

La teoría que hay detrás


La teoría neoclásica supone que los movimientos de capital desde los países desarrollados (que poseen abundancia de capital) hacia los subdesarrollados (con escasez de capital) incrementan la eficiencia en la asignación de recursos debido a la productividad marginal decreciente del capital. Además la entrada de capitales, tiende a igualar la tasa de interés interna con la internacional. Por lo tanto, en un modelo estático y sin imperfecciones en los mercados, la liberalización de la cuenta capital resulta beneficiosa, ya que permite reducir el riesgo a través de la diversificación y financiar una mayor inversión.

Pero, los mercados internacionales de capital a menudo muestran imperfecciones: están segmentados, los países en desarrollo presentan racionamiento en el crédito y su funcionamiento no es totalmente eficiente.

Una aspecto adicional a tener a cuenta es la secuencia en que debe hacerse la apertura: si se abre la cuenta capital antes de la apertura comercial (que trataremos más adelante pero junto con las privatizaciones juegan un rol importante), la entrada de capitales puede presionar la moneda al alza provocando problemas en la balanza comercial. Veamos qué pasó en Argentina.

La evidencia empírica


Cuando se analiza la evidencia empírica sobre los beneficios que trae la eliminación total de las restricciones a los movimientos de capitales, los resultados empíricos son ambiguos y muchas veces se presenta y se oculta información de acuerdo a lo que se pretende demostrar.

Keneth Rogoff (2003), ex economista jefe del FMI, en un estudio para 22 economías (divididas entre las que están integradas financieramente y las que no lo están) analizó los efectos que había tenido la globalización financiera en los países en desarrollo y sugiere que mientras que no hay suficiente evidencia empírica  de que la globalización financiera haya beneficiado al crecimiento económico, sí la hay sobre la existencia en estos países de una alta volatilidad en el consumo (Rogoff toma el consumo en lugar del producto como proxy del bienestar).

Analizando la evidencia empírica el informe arriba a las siguientes conclusiones:

ü   Parecería haber una asociación positiva entre globalización financiera y nivel de desarrollo económico.
ü   Dentro de los países en desarrollo, los países que han estado más integrados financieramente crecen más rápido que el resto. Este patrón se cumple para tres décadas consecutivas (1970-1999)
ü   Sin embargo, surgen dos problemas. Primero,  el patrón anterior puede ser frágil si se lo mira con detenimiento. Segundo, las observaciones anteriores sólo reflejan una asociación  entre integración financiera  y el desempeño económico, no una causalidad.

La liberalización del movimiento de capitales no es una condición necesaria para lograr una alta tasa de crecimiento. China e India han logrado una alta tasa de crecimiento a pesar de su limitada y selectiva liberalización de la cuenta capital[9].
La integración financiera no es tampoco una condición suficiente para alcanzar altas tasas de crecimiento. Existe evidencia sobre el rol fundamental que tienen las instituciones en la performance de estos países, entendiendo por instituciones, a fuertes marcos legales y regulatorios, alto grado de transparencia y baja corrupción (hemos hablado de instituciones y capitalismo en artículos anteriores).
De acuedo a este estudio,  no hay una asociación clara entre apertura financiera y crecimiento del PBI per capita[10].

Este trabajo fue presentado en 2003, luego de que por años el FMI recomendara eliminar las restricciones a los movimientos de capitales y mostrara las ventajas que ello traería.

 La evidencia empírica en Argentina muestra que las entradas de capital extranjero provocaron una apreciación de la moneda en términos reales y un aumento de los pagos en la balanza de servicios que contribuyeron a aumentar el déficit corriente. Pero, a pesar de ello,  en ningún momento se aplicó, ni siquiera durante la crisis del Tequila, ningún tipo de control de capital.  Es decir, se siguió literalmente la aplicación de las medidas propuestas en el Consenso de Washington.

Este no ha sido por ejemplo el caso chileno donde como resultado de la masiva entrada de capitales se tomaron medidas tendientes a disminuir el grado de volatilidad que eso generaba en esa economía con medidas que impedían que las inversiones huyeran velozmente.

ü     Se creó un impuesto a préstamos extranjeros a una tasa anual de 1.2%.
ü     La inversión inicial para inversiones extranjeras directas (IED) debe permanecer en el país por al menos un año. Ésta es la única restricción sobre las salidas de capital que se aplicó.
ü     Los créditos extranjeros y depósitos bancarios en moneda extranjera deben crear una reserva de 20% que no genera intereses. Las reservas se debían mantener en el Banco Central por un mínimo de 90 días y un máximo de un año hasta 1992 dependiendo del plazo y luego se obligó a mantenerlas un año, independientemente del plazo del préstamo.  
ü     Ciertos activos de portafolio como la adquisición de acciones de empresas estaban obligadas a cumplir con requisitos mínimos de monto y condiciones de riesgo.


Estas medidas encarecieron el costo del financiamiento externo y evitaron así las entradas de capital de corto plazo. De esta forma, la respuesta de Chile ante las crisis externas (Tequila, asiática, rusa, brasileña) fue totalmente diferente al caso argentino.  Por ejemplo, frente a la crisis mexicana, la Argentina registró tasas de crecimiento negativas mientras que en Chile ocurrió lo contrario. Argentina, sin embargo, no se inmutó, siguió aferrada a su política de apertura de capitales aún con la base empírica en la mano.

El caso de Asia Oriental es paradigmático: los países de esa región fueron el ejemplo a seguir con respecto a las políticas de Washington tanto que en 1993 el Banco Mundial hablaba del “milagro asiático” para referirse a la performance de este grupo de países; un milagro que sin duda debía atribuirse ampliamente a la liberalización de los mercados de capitales, que había permitido en un tiempo brevísimo, el crecimiento, con ritmo muy sostenido de los mercados financieros locales, permitiendo la atracción de capitales desde el exterior, haciendo más y mas fuertes las monedas locales y bajando, por lo tanto, a cero la inflación. (Banco Mundial, 1993).

Sin embargo, pocos años más tarde, en junio de 1997 se devaluó fuertemente el bath tailandés, que arrastró en baja las monedas de la región hasta llegar a golpear a Corea y finalmente al mismo Japón, pinchando rápidamente las burbujas financieras que habían empujado el alza de las bolsas orientales. A fines de ese mismo año la crisis embistió a América Latina (Bianchi, 2002) y el 13 de enero de 1999 Brasil devaluó su moneda. Al respecto, Krugman comenta: “China escapó de la crisis asiática milagrosamente. Lo que salvó a China fue el hecho de que, a diferencia de sus vecinos no había hecho que su moneda fuera convertible. En esta ocasión por supuesto, todos, incluido el FMI sintieron alivio de que China no hubiese liberado los movimientos de capital” (Krugman, 1999).   

Sin embargo, a pesar del temible panorama, Argentina siguió aferrada a las políticas de reforma estructural, sin tomar ningún tipo de precaución ante eventuales sacudidas monetarias. No sólo eso: todavía Argentina seguía siendo considerado un ejemplo para el resto del mundo.
Pero no nos detengamos acá y veamos porqué se vendieron los principales servicios públicos del país y qué es lo que supuso.
O lo que algunos creen que supuso.

La venta de empresas públicas


   Uno de los pilares del Consenso de Washington es la privatización de los servicios públicos. Esta premisa se basa en la creencia de que el sector privado administra mejor los recursos que la empresa estatal.  En general, se considera que la privatización de empresas de propiedad estatal constituye una fuente de ingresos de corto plazo para el Estado.

La idea promotora para llevar adelante las privatizaciones se basaba en asumir que las empresas públicas necesitaban una inyección de capital cuya magnitud sólo podía ser provista por el sector privado para, de esa forma, aumentar la productividad y la eficiencia de estas firmas en beneficio del conjunto de la población. (Aspiazu-Schorr, 2003)

Su justificación teórica


El marco analítico para estudiar los efectos de la organización de una firma en la eficiencia se basan en los incentivos de los managers.  Juegan un rol muy importante los derechos de propiedad ya que:

Ø     determinan los objetivos de los dueños de las firmas
Ø     determinan el sistema de monitoreo del rendimiento de los directivos

De nuevo tenemos problemas de principal-agente. El principal (accionista) no comparte los mismos objetivos que su agente (los gerentes). El principal buscará establecer incentivos para que el agente se comporte de manera que trate de satisfacer sus objetivos. Pero el principal no tiene información completa sobre las circunstancias y las conductas del agente. Por lo tanto, tiene un problema de monitoreo. En el sector público la función de monitoreo la tiene el gobierno con los problemas de información que esto implica.

   En teoría, la privatización mejora la eficiencia interna pero puede llevar a la ineficiencia asignativa. La empresa privatizada puede tratar de explotar su poder monopólico. Aunque esto último se puede controlar a través de una regulación a favor de la competencia y una comisión antimonopolios. Veamos qué dice la evidencia empírica.

La evidencia empírica


La Ley de Convertibilidad de marzo de 1991 que impone la paridad fija del peso con el dólar, acompaña a una vasta reforma del Estado, iniciada con la ley de agosto de 1989; esta ley autoriza a realizar privatizaciones de todas las actividades productivas del estado.

La evidencia empírica sobre este tema es contradictoria. Algunos postulan que el gobierno obtuvo resultados favorables, otros que los efectos sobre el empleo fueron devastadores.  

Por un lado, Argentina ganó reputación en el mundo de los negocios. Por otro lado, el impacto sobre las cuentas públicas fue positivo, por dos razones: en el corto plazo, las ventas resultaron en una significativa entrada de ingresos extraordinarios al Tesoro, o en canjes por la deuda pública; en el largo plazo, las empresas se transformaron de generadoras de déficit en contribuyentes impositivos.

Finalmente, como resultado de las privatizaciones, comenzó a cerrarse la brecha tecnológica y organizativa abierta durante años de desinversión y desfinanciamiento en las ex empresas públicas, lo que a su vez impactó favorablemente sobre la productividad de la economía. Las mejoras de eficiencia en los mercados no fueron uniformes. Mientras en algunos casos hubo una combinación saludable de regulación y competencia en otros, se conformaron verdaderos monopolios privados con rentas extraordinarias. (Gerchunoff y Llach, 1998).
En el caso español, el proceso de privatizaciones ha atravesado por diferentes etapas, de acuerdo a datos del Consejo Consultivo de Privatizaciones, desde el año 1996 se han vendido parcial o totalmente 62 empresas, generando ingresos por 48.422 millones de euros.  Siendo los años 1996 y 1998 los mas importantes en este aspecto ya que hablamos de empresas como Telefónica, Repsol, Tabacalera, etc[11]. ¿Podemos decir que hubo un efecto negativo sobre el empleo? No, si analizamos los datos globales. La tasa de desempleo en España no paró de bajar desde el 1996 llegando a su mínimo en 2007 donde en torno al 8% de la PEA estaba en paro. Sin embargo, todos sabemos que el sector de la construcción era el dinamizador del empleo en España y no las empresas privatizadas que en su mayoría se concentraron en sectores como las telecomunicaciones o la energía.
Pero es un clásico de países en apuros, volver a una de las máximas del Consenso de Washginton, ¿porqué no obtener unos ingresos extra vendiendo un par de empresas públicas y dejamos de ahogar al ciudadano? Parece que el gobierno español ya está pensando en ello aunque no está en la agenda actual. Parece ser que el Presidente Rajoy quiere reactivar aquella idea de Zapatero de vender los aeropuertos y las Loterías, por lo que espera ingresar unos 30.000 millones de euros[12]. No está mal para desahogar la emisión de deuda.
Pero volvamos al Cono sur y a cómo de ambiguos pueden ser los resultados de una política económica concreta.
Bajo el argumento del aumento de la productividad de las empresas privatizadas se oscurecían otros aspectos igualmente importantes. ¿De qué sirve aumentar la productividad de un servicio público si no redunda en más beneficios para el ciudadano? Si hablamos de empresas públicas que al ser privatizadas reorganizan su producción de tal manera de que sobra gente, en ese sentido, la empresa es más productiva. Hasta aquí bien (para algunos),  pero otros podrían plantear que dado que hablamos de servicios públicos privatizados la ganancia del empresario no debe ser el único objetivo de este tipo de empresas sino que el consumidor también tendrá algo que decir.  A este respecto Aspiazu y Schorr (2003) plantean que “la experiencia argentina en materia de privatizaciones de servicios públicos mostró que los incrementos en productividad, que implicaron una reducción de los costos operativos de las empresas, no se tradujeron en una disminución en las tarifas. De modo que no fue el conjunto de la sociedad el que se benefició de la mayor productividad, sino tan sólo un reducido grupo de compañías...”

Dados los años de muy poca inversión, parecía coherente suponer que era el sector privado el que debía responder a esta cuestión y que la inversión que hicieran las empresas privatizadas, se creía,  produciría un efecto derrame en el resto de la economía. Siguiendo a los mismos autores vemos que a principios de los noventa se verificó un importante impacto positivo sobre la inversión agregada que, sin embargo, vio amortiguado su efecto multiplicador por el alto componente de equipamiento adquirido en el exterior y, a la vez, quedó circunscrito a un número muy reducido de sectores de actividad.” Este fenómeno se revierte al promediar la década y se acentúa más para el caso de las empresas privatizadas.

Con respecto al llamado efecto derrame que provocaría la inversión de las empresas privatizadas, los mencionados autores destacan que: “la generalizada actitud de las firmas privatizadas por realizar importaciones sustitutivas de la producción doméstica ocasionó el desmantelamiento o desaparición de una proporción muy significativa de los tradicionales proveedores locales de tales empresas, con sus consiguientes efectos sobre el propio proceso de desindustrialización y de regresividad estructural del sector manufacturero doméstico”.

En este sentido, los efectos de las privatizaciones sobre la industria manufacturera y sobre el empleo fueron negativos. Sin embargo, otros informes destacan los beneficios sobre el “bienestar general”.  

En un informe realizado por el Banco Mundial (1994) se  relata la experiencia de las privatizaciones en 4 países: México, Malasia, Chile y Gran Bretaña, tomando cuatro casos de privatizaciones para cada país.

A modo ilustrativo,  para Chile se analiza el caso de Chilgener (compañía de electricidad que para 1988 ya era 100% privada) donde “la privatización estaba asociada al aumento de la eficiencia y de la productividad”. Según este informe las ganancias por productividad producto de la privatización fueron lo suficientemente grandes como para provocar una mejora del bienestar[13] de 4 billones de pesos chilenos lo que equivale al 21% del valor de la empresa. Por lo tanto, teniendo en cuenta este análisis, el informe concluye que la privatización de esta empresa fue buena para la sociedad en su conjunto. 


Luego de analizar numerosos casos de los cuatro países mencionados el informe concluye que:

Ø     La privatización es capaz de producir beneficios anuales de alrededor del 5 al 10% de las ventas anuales antes de privatización
Ø     Si la mitad del sector público fuera privatizado las ganancias serían del 1% del PBI-lo que parece poco en términos relativos es mucho en términos absolutos.
Ø     Se tendrían beneficios indirectos (como un mejor desarrollo del mercado de capitales)

¿Y entonces en qué quedamos? ¿Es bueno privatizar o no?
Al final, un tema que es estrictamente económico se transforma en ideología y en base a ello los políticos parecen actuar. 
Podemos decir que privatizar será bueno o malo en función de los objetivos que busquemos como políticos y de las circunstancias concretas del país del que se trate. Lo que significa que, en realidad, mal que nos pese a los economistas, no somos capaces de hacer verdadera teoría económica porque son tantos los condicionantes y circunstancias que hay que tener en cuenta que hay mas posibilidades que el verdulero tenga mas claro qué hay que hacer con las empresas públicas que el profesional de las ciencias económicas (cuyo único mérito es que le pagan por equivocarse).  
No continuaremos citando informes, pero lo único que podemos decir es que los indicadores de empleo en Argentina se deterioraron de forma preocupante durante la época posterior a las privatizaciones. En concreto, desde el año 1990 la tasa de desempleo no ha hecho mas que aumentar pasando de 6,9% en 1991 hasta llegar a picos de mas del 18% en 1995[14].

 Volviendo al estudio que nos presenta Aspiazu y Schorr (2003). A modo ilustrativo,  “al momento de la transferencia de Obras Sanitarias de la Nación, a fines de 1992, la ocupación en la misma era casi un 35% más reducida que en 1985. Cuando se privatizó Segba, el personal ocupado había disminuido casi un 50% con respecto al existente a mediados de los 80.”[15]

Conclusiones


   Como hemos visto, solo necesitamos una pequeña muestra para darnos cuenta de lo que los economistas son capaces de hacer con los datos que manejan.
 Hemos visto que la información que nos brindan para justificar su ideología,  es contradictoria o varía dependiendo de las muestras que se tomen, los periodos que se estudien y el tratamiento que se les den a las variables. Los resultados que se obtendrán dependerán de las decisiones metodológicas que haya tomado el economista a la hora de relevar y confeccionar la información.
Mas un toque de imaginación.
En efecto, en el caso argentino, aunque no hemos contado con solida evidencia empírica para aplicar políticas de corte neoliberal, el consenso social de las mencionadas políticas durante la década de los noventa en la Argentina (como en muchas otras economías emergentes) fue amplio.
No hubo casi voces criticas hasta que no estaba ya instalada la recesión.  
 ¿Podemos decir lo mismo de España? Probablemente sí. Si alguien me puede demostrar con solida evidencia empírica de que España está aplicando las políticas económicas correctas, por favor, que me lo haga saber. Estamos abiertos otras opiniones. En eso consiste también la filosofía.
 Tampoco nadie se preguntó por qué el euro está excesivamente sobrevalorado en relación a otras monedas como el dólar. Pero… ¿alguien se preocupó por la creciente falta de competitividad de la industria española mientras pudiera seguir adquiriendo productos importados a precios asequibles? Habrá quien diga, qué nos importa la competitividad si la economía crece, gracias, sobretodo, al sector de la construcción.   
Este hecho nos da la pauta, de que las razones de ese consenso no debemos buscarlas ni en la evidencia empírica que nos ofrecen los economistas ni en sus argumentos teóricos sino en factores que tal vez escapan a la ciencia económica, como puede ser la forma en que fueron difundidas estas ideas.

Gerchunoff y Torre (1996) nos dan otras pautas para entender la credibilidad que gozó el nuevo neoliberal adoptado en la Argentina a principios de los noventa y que nos puede servir, tal vez para entender cómo se aplican las políticas económicas en los países. Tres factores destacan los autores:

1.   Los efectos de la aguda emergencia económica sobre la tolerancia pública al ajuste: la amenaza de caos social y quiebre institucional desatada por la crisis hiperinflacionaria no sólo llevó a Carlos Menem a hacer un audaz giro ideológico sino que incrementó la tolerancia de la población hacia políticas que habían sido resistidas poco antes, como lo probaban las treces huelgas generales que pautaron conflictivamente los intentos de ajuste económico de Alfonsín.
2. El descrédito de las instituciones económicas existentes: esto le dio a Menem un margen de maniobra necesario para poner en marcha las reformas sin una fuerte oposición.
3.  El capital de Menem como líder político: pudo abandonar las tradicionales banderas del peronismo y escoger nuevas políticas y alianzas sin perder por ello el respaldo de sus seguidores. 

Por otro lado, la rapidez con la que fueron adoptadas las medidas estudiadas aún en desmedro de su eficiencia, refuerzan la tesis de la necesidad de credibilidad por parte del gobierno entrante.

En esta línea, Rodrik (1988) analiza el rol que tiene la credibilidad en la aplicación de políticas de reforma.
En este sentido, las reformas pasan por enviar señales de confianza a los mercados (tanto nacionales como internacionales) aunque éstas disten mucho de la eficiencia. Rodrik señala que los gobiernos que poseen una “brecha de credibilidad” deben abstenerse de realizar reformas graduales ya que las mismas carecen de la credibilidad necesaria por parte del resto de los actores económicos.

Bajo un escenario de crisis, la velocidad de las reformas resulta crucial para recuperar la confianza perdida, dejando a un lado la calidad de dichas reformas.
 El actual gobierno español carece de credibilidad después del audaz giro económico que ha hecho desde que asumió el poder bastante similar, por cierto, al que hizo Carlos Menem en la década de los noventa.
 Maquiavelo si viviera se preguntaría: ¿Podemos reprocharlos?
Al fin y al cabo, ¿quién gana las elecciones diciendo que va bajar el sueldo de los funcionarios, quitar la paga extra de navidad y endurecer las condiciones de acceso al subsidio de los desempleados (entre otros de muchos recortes)? Absolutamente nadie.
Pero volvamos a lo importante. Y a porqué el lenguaje importa más de lo que pensamos.

La evidencia empírica como herramienta del lenguaje


Las propuestas neoliberales estudiadas, a través de la exposición de su evidencia empírica, tenían la finalidad de mostrarnos los efectos que tuvieron las medidas en aspectos tales como el bienestar general, el crecimiento del producto o el aumento de las exportaciones, con el propósito de convencer a la opinión pública de la bondad de las medidas.

En muchos casos, intentaron mostrarnos qué políticas habían adoptado los “países exitosos” para llegar a serlo. Presuponiendo que si una medida tuvo éxito en un país, lo tendrá en cualquier otro país que la aplique. Esta forma de razonar[16], como ya hemos mencionado, ha sido clave en el pensamiento neoclásico (y luego neoliberal) y es un importante supuesto que está detrás de los programas de estabilización de organismos tales como el FMI.

En otros casos, los estudios econométricos han mostrado  el fracaso de las medidas (por ejemplo, en el caso de privatizaciones en Argentina) o se ha señalado que las causas del éxito no responden a las medidas propuestas (Asia Oriental es un ejemplo con respecto a la apertura comercial y al rol de los capitales). 

En otros casos, se oscurecen ciertos datos y se resaltan otros para enfatizar una idea o defender una política (en el caso de las privatizaciones en Argentina, el aumento de la productividad fue algo de lo que se destacó la ortodoxia económica mientras que sus efectos sobre el mercado de trabajo no fueron mencionados).

Teniendo en cuenta la disparidad de conclusiones a las que podemos arribar utilizando este tipo de evidencia empírica queda claro que el lenguaje ha jugado un rol mucho más importante que el que podría haber jugado la consistencia de la evidencia empírica disponible.

Sin embargo, nos seguimos preguntando: ¿es importante esta clase de estudios para determinar las políticas que debe adoptar un país?

A este respecto, Mc Closkey (1998) señala que los números no son suficientes para arribar a conclusiones científicas. Sólo los científicos pueden hacerlo porque la “conclusión”  es una idea humana, no de la naturaleza. Es una propiedad de la mente humana, no de la estadística. (…) lo que la ciencia moderna busca es una forma mecánica, no controversial de decidir si un efecto es pequeño o grande. Sin juicios humanos, por favor: nosotros somos científicos”.
 Este párrafo refleja claramente la forma en que realmente los economistas usaron la evidencia empírica: como un medio supuestamente objetivo que  nos dice qué políticas adoptar, dejando de lado, en muchos casos factores específicos del país en cuestión.
Esto es lo que, en resumidas cuentas ha pasado en Argentina y en muchos países que han aplicado medidas de ajuste. Pero… ¿qué podemos decir de Europa, de España y de la actual crisis económica?
Que ya ni siquiera es necesario mostrarnos casos de éxito de otros países. Ya hemos visto cómo están Grecia y Portugal después del rescate y los ajustes.
Sin embargo, parece que España está abocada a llamar a Mich Bucanan. Muy a pesar de la experiencia de otros países europeos.

Me despedí amablemente del anciando. Al fin y al cabo, había sido capaz de contarme su historia sin que yo llegara tarde a mi cita. Pero no podía irme sin sacarme una duda que me carcomía.
—Disculpe, esas manchas…son de tomate ¿no?— y lo miré suplicante, rogando para mis adentros que así sea.
—mmm, últimamente no he tenido tiempo de cocinar—y se fue por donde vino sin darme tiempo a replicarle nada…al fondo, se escuchaba alguna sirena. Los antidisturbios ya habían rodeado el Congreso.


Me detengo acá. Supongo que ahora me entiende cuando le digo que la economía puede terminar por desquiciarnos.
 No lo olvide señor lector. No crea a los economistas. Ni a los políticos.
Confíe en su verdulero. En el cerrajero o en el gremio que le resulte mas simpático.
Salga a la calle. Hable con los que realmente hacen la economía. El carnicero. El ama  de casa. El mozo de bar.
Y así, aprenda economía.

Y ahora los dejo con unas palabras de Keynes. Que no pasan de moda.

 "En el momento actual, la gente está excepcionalmente deseosa de un diagnóstico mas fundamental; mas particularmente dispuesta a recibirlo; ávida de ensayarlo con tal que fuera por lo menos verosímil. Pero fuera de este talante contemporáneo, las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son mas poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo esta gobernado por poco mas que esto. Los hombres prácticos, que se creen, exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto” (Keynes, 2003).

Bibliografía


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Aspiazu, Daniel y Schorr, Martín. Crónica de una sumisión anunciada. Las renegociaciones con las empresas privatizadas bajo la administración de Duhalde. Siglo XXI, 2003.

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[4] (Williamson, 1990)
[5] Ministro de Economía español.
[6] Ex presidenta de la Comunidad de Madrid.
[7] Es decir, para el que no lo vivió. Automáticamente los argentinos que ganaban en pesos, por ejemplo, 1000 pesos, eran acreedores de 1000 dólares. En efecto, el ahorro en los bancos se producía en dólares. O sea, por medio de una ley que podríamos calificar de mágica, 1000 pesos pasaban a ser 1000 dólares sin que la Reserva Federal se tomara el trabajo de emitir moneda. Todo un truco ¿no? 

[9] El periodo tomado es entre los años 1980 y 2000.
[10] El periodo tomando es entre los años 1982 y 1997.
[13] Para encontrar el efecto neto del bienestar generado por la privatización comparamos su valor una vez privatizada con su valor si  no lo hubiese sido. La ganancia del bienestar producto de la venta de una compañía  es la diferencia entre el valor neto presente social en los dos casos. Para encontrar estos valores netos se identifican todos los grupos susceptibles de ser afectados por la venta de la empresa pública.  (para mas información sobre la metodología usada ver Banco Mundial, 1994)
[15] Fuente: Azpiazu y Schorr (2003)
[16] Suele llamársela razonamiento por analogía. 

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